CUESTIONARIO ESTILOS DE APRENDIZAJE

Los 10 mejores libros sobre coaching deportivo

Publicado: 11 diciembre 2021 en Sin categoría

https://www.linkedin.com/posts/isidro-lapuente-%C3%A1lvarez-79990412_todav%C3%ADa-necesaria-la-autodisciplina-y-el-activity-6875541022332485632-7NGu


El distanciamiento social sigue siendo el método más efectivo para erradicar la propagación del Covid-19. La limitación efectiva de la propagación del virus se realiza de forma práctica separándonos los unos de los otros. El distanciamiento social no es un descubrimiento del siglo XXI, es una estrategia ancestral de salud para evitar los contagios por virus, bacterias y demás microorganismos utilizada en otras épocas de nuestra historia.
Sin duda es necesario permanecer físicamente separados, pero socialmente conectados. Las personas debemos cuidar nuestra salud mental y la de nuestros seres queridos. No debe de haber distanciamiento de la alegría, de la amistad, del cariño, de la solidaridad. El término “distanciamiento social” puede implicar una sensación de desconexión de los demás, en un momento en que estar físicamente aislado puede afectar la salud mental. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) prefiere el término “distanciamiento físico”. María Van Kerkhove, epidemióloga de enfermedades infecciosas de la OMS, anunció el 20 de marzo de 2020 que la organización se apartaría del término “distanciamiento social” para recalcar la importancia de que las personas estén socialmente conectadas (Lapuente, 2020).
En este sentido, un estudio realizado por la asociación civil FUSA (Fundación para la Salud del Adolescente) de Argentina concluye que ha habido un alto cumplimento del confinamiento por el Covid-19 precisamente en los más pequeños y donde el compromiso con el estudio y el cumplimiento con las tareas escolares ha sido muy significativo (Bazán et alt., 2020).
Así mismo continúa el estudio reconociendo que para los adolescentes la principal fuente de información para conocer cuestiones de dicha enfermedad ha sido la utilización de redes sociales. En dicha publicación se constata que a casi el 68% de dichos adolescentes les afecto la situación de pandemia y confinamiento tanto a su salud física como a su salud mental, emocional y social. El no tener contacto físico con sus iguales les ha generado estados de ansiedad y tristeza. La no socialización física les ha afectado emocionalmente de forma profunda al no poder experimentar con los compañeros las dinámicas normales de otros años. Significativo es, entre las respuestas dadas en el artículo, el no haber podido contar con espacios de socialización y encuentro, lo que ha ido produciendo en ellos sentimientos de angustia, ansiedad, tristeza, frustración e incluso miedo. Se hace determinante, pues, el apoyo personal, la compañía y se constata en la investigación que hasta un 34,8% de los adolescentes no han contado con nadie para conversar acerca de sus sentimientos dentro de su entorno familiar (Bazán et alt., 2020).
La adolescencia es una etapa de necesidad de apertura al mundo fuera de la familia donde se necesitan vínculos socioafectivos diferentes a los padres y hermanos. La salud debe abarcar, por tanto, la parte social, emocional y cultural, además de la física, por lo que el Covid-19 ha tenido una influencia más negativa en este tramo de edad. Por ello, en este periodo de pandemia, el derecho a la salud psicosocial es de obligado cumplimiento por parte de la sociedad como debe corresponder a un paradigma de protección integral de los seres humanos más vulnerables. De obligado cumplimiento, más aún, por parte de las autoridades sanitarias.
Es curioso que, precisamente, se achaque a los adolescentes estar enganchados a la tecnología y a las redes sociales cuando han sido, sin duda, los que más han sufrido al no tener el contacto físico con sus iguales ni interacción grupal en sus lugares de encuentro habitual. Ello dice mucho de las críticas gratuitas sobre la enajenación que tienen los adolescentes con la tecnología y las redes sociales. En ese sentido, en el trabajo de investigación de Bazán et alt., 2020, se desmitifican muchas de estas preconcepciones sobre los jóvenes en su vinculación con las redes sociales y tecnología. La serie de características otorgadas a la adolescencia que quedan desmontadas por el estudio son:

Los adolescentes presentan una mala relación de convivencia  

Los adolescentes son intolerantes (prueba de que esto es falso se confirma en que han sido los que han aceptado el aislamiento obligatorio de mejor manera).

A los adolescentes se les tiene que imponer una organización estricta de su vida.

Los adolescentes no escuchan y ni hablan con sus seres queridos familiares.

Los adolescentes no están indefectiblemente “enganchados” a los teléfonos móviles y la tecnología. Es una generalización en cierto modo falsa. Su peor salud mental postconfinamiento dice mucho de la necesidad (expresada verbalmente en el estudio) de relacionarse e interaccionar en espacios físicos como son escuelas, parques, lugares deportivos, etc., (Bazán et alt., 2020).
Algo que también confirman González-Andrío, Bernal y Palomero (2020) en la investigación realizada en plena pandemia y confinamiento en España “Uso de las redes sociales entre los jóvenes y ciudadanía digital: análisis tras la Covid-19”, donde concluyen sobre el mayor beneficio que riesgo en la utilización de las redes sociales por su característica de canal de participación ciudadana que ha hecho sobrellevar de mejor manera en los jóvenes las dificultades del distanciamiento físico obligado.
En el mismo sentido se han manifestado los docentes quienes confirman la utilización de las redes sociales, soportadas principalmente por los dispositivos móviles, como adecuadas y necesarias en período de confinamiento para una mejor interrelación entre la institución educativa y los alumnos. Igualmente, se incide en la necesidad de que desde la escuela se realicen acciones formativas y de capacitación para generar un uso más adecuado donde se sepa gestionar mejor las tareas académicas, el acceso a la información e incluso el desarrollo del pensamiento crítico. Pensamiento crítico determinante y necesario en un mundo de internet repleto de “bulos” y noticias falsas cuando no manipulaciones intencionadas, sobre todas las cuestiones y en especial sobre el Covid-19 que tanto afecta al aspecto psicoemocional en estas edades. Los propios adolescentes sostienen que “las redes sociales son un medio excelente para influir positivamente en el modo de pensar, en las actitudes e intereses…y para mejorar el mundo” (González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020).
Según los encuestados en esta investigación de la Universidad Rey Juan Carlos, las redes sociales facilitan compromiso ciudadano y una participación más activa en la sociedad al poder compartir ideas favorecedoras de reflexión, debate, conciencia social, estar al día y propiciar una mejora en la convivencia social. Esta convivencia social y compromiso adquirido pivota fundamentalmente en los adolescentes en temas relacionados con el medio ambiente, las desigualdades sociales, la falta de igualdad de género, los derechos humanos y las cuestiones raciales (González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020).
Así mismo, más de la mitad de los participantes en el estudio se consideran bien formados y capacitados para manejarse adecuadamente en la red y admiten, tal vez por ello mismo, que en las redes sociales se facilita la manipulación por informaciones falsas, que hay cierta falta de privacidad, así como que existe bastante riesgo en caer en una participación en redes por necesidad de aprobación de los demás, bien a través de los “me gusta”, bien por la cantidad de seguidores, bien por su no inclusión en algunos grupos pretendidos. Parece que la maduración socio relacional de los adolescentes y jóvenes con las redes sociales y la tecnología no tiene que envidiar precisamente a la de los adultos.
Por todo ello, desde padres-madres y educadores, principales adultos de influencia, se hace necesaria una capacitación apropiada de pensamiento crítico específica en la interacción digital. Los propios jóvenes en un 78% de dicho estudio lo ve también como necesario. De esa manera indican como beneficioso para un mejor conocimiento de las redes por cuestión de salud mental; aprender a gestionarse sus redes sociales personales; reconocer más rápidamente las noticias falsas; manejar mejor su impacto de imagen personal en internet; y finalmente, tener mayor conocimiento de protección de datos en red ante posibles amenazas (González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020).
Es evidente que para ello también los adultos deben tener una capacitación acorde con la utilización ética y proporcionada de las redes sociales y la tecnología. Un diagnóstico del potencial de las redes sociales como recurso didáctico en época de aislamiento social realizado por Hernández, Maldonado y Prada (2020) concluye que el 75% de jóvenes consideran que las redes sociales les han servido de mucho apoyo gracias a los diversos grupos en los que se participa, entre ellos algunos de asignaturas y diversos grupos con compañeros que han supuesto una interacción y comunicación sobre las materias muy útil para su aprendizaje (Hernández, Maldonado y Prada, 2020). Significativo es, asimismo, el dato del 84% de sujetos de la muestra que afirman utilizar las redes sociales para temas educativos como son organizar trabajos de clase, para cuestiones de conocimiento general, por inquietudes sociales y por temas relacionadas con el medio ambiente y la salud. Todo ello reafirma la necesidad de aumentar la investigación sobre procesos pedagógicos novedosos que continúen en el tiempo después de que concluya la pandemia

El concepto de tiempo en Heidegger

Publicado: 22 septiembre 2021 en Sin categoría

Para Heidegger, la constitución ontológica fundamental del Dasein, a partir de la cual resulta posible aprehender ontológicamente la historicidad, es la temporalidad. De esta manera, la tarea de comprender la historicidad conduce a la explicación fenomenológica del tiempo. Entendiendo por historicidad el ser histórico de aquello que es en cuanto historia. Aquí, el ente debe mostrarse desde sí mismo, es decir, debe convertirse en fenómeno y ser nombrado tal como se muestra. Por ello la fenomenología es, según Heidegger, el único tipo de investigación que puede poner en marcha y sostener una investigación ontológica(Heidegger, 2011).

El ser del Dasein se caracteriza, entonces, como un estar-abierto a lo que todavía no es, pero que puede ser. Sólo en su haber-llegado-al-fin el Dasein está completamente ahí. Dasein significa ser-posible(Heidegger, 2011).

La ocupación del estar-en-el-mundo es un co-ocuparse del ser del Dasein. En cuanto estar-en, el Dasein es interpretativo y por ello su facticidad está determinada por este ser- posible. El ser de este adelantarse es el modo de ser en que el Dasein es propiamente su posibilidad más extrema. Este ser, en cuanto modo de ser del Dasein, está determinado por la disposición afectiva y la interpretación (Heidegger, 2011).

Ser-futuro significa, ser-temporal. Temporal como el tiempo mismo, implícito al mismo tiempo el ser pasado y el ser presente. Lo que es en-el-futuro, en cambio, todavía no es en-el-presente y todavía menos en-el-pasado. El Dasein en el ser-futuro se muestra el carácter del descubrir. El haber-pasado aprehendido es el haber-pasado de mi propio estar-en que yo ya era y que todavía soy. En el haber-pasado se hace visible aquello de lo cual es haber-pasado. El adelantarse, por tanto, es el modo de ser en el que el Dasein es remitido a sí mismo, es decir, en su ser-pasado y en su ser-ahora (Heidegger, 2011).

El adelantarse revela en el haber-pasado el ser de aquello que es este haber-pasado. Pero en la medida en que el Dasein está caracterizado por la caída, reside en él la inclinación a dejarse determinar primariamente en su “actuar” por el mundo y únicamente por este último. El Dasein puede olvidarse en semejante absorción en el mundo, es decir, puede ser sin-conciencia. Adelantarse como ser-futuro-pasado-presente, es decir, como ser-temporal. Este ser al mismo tiempo pasado y también presente, que no suma de entes presentes en el mundo. De hecho, el Dasein es “el tiempo” que es en el modo del ser-temporal; el ser del Dasein está determinado como temporalidad. El “estar-abierto-a”, entendido como ser-futuro, se ocupa del llegar-a-ser-presente de aquello que se encuentra en el cuidado (Heidegger, 2011).

La expresión “estar presente” hay que entenderla como determinación del estar-en en el sentido de “presentar”, de “hacer presente”. El mundo circundante está presente no como una cosa-objeto ahí delante, sino en el carácter de la significatividad. Así, el mundo está abierto en el modo de la comparecencia que anteriormente hemos caracterizado como pre-mostración, porque el abrir es un presentar que está a la espera y, de este modo, el estar-en se muestra como temporal. La curiosidad es un indicador de este ser-temporal (Heidegger, 2011).

El tiempo es, por tanto, porque el Dasein está constituido en su facticidad como un presentar que queda absorbido en el mundo, es decir, como un ocuparse. Pasado significa ahora no más, futuro significa ahora todavía no. Este contar con el tiempo nunca convierte el tiempo en “espacio”. El tiempo no se deja espacializar. El carácter fundamental del ser-temporal reside en el ser-futuro. Por tanto, en este modo del ser-temporal se debe hacer patente la diferencia entre el ser-temporal propio (del adelantarse) y el ser-temporal impropio (de la caída). La comprensión del tiempo y la investigación sobre este asunto dependerán para Heidegger de la respuesta que se dé a la pregunta: ¿soy yo el tiempo? (Heidegger, 2011).

La transformación de las relaciones humanas, acelerada por la pandemia del Covid-19, ha demostrado nuestra interdependencia global como seres humanos interconectados. Este período demanda una mayor “gobernanza de la red” y “reflexión política y moral” para que las nuevas tecnologías formen un espacio social más adecuado y se generen nuevos procesos de aprendizaje-enseñanza.

La adolescencia en esta etapa ha tenido una influencia más negativa fundamentalmente a nivel socioafectivo. En ese sentido, la utilización de las redes sociales se nos ha confirmado como necesaria y adecuada en período de confinamiento para una mejor interrelación entre alumnos y con la institución educativa.

No obstante, la nueva transformación digital está provocando mayores brechas digitales tanto estructurales como funcionales. La actual enseñanza telemática “online” incrementa las desigualdades por lo que debe realizarse de forma urgente una mayor formación en competencias digitales y conseguir una mejor calidad de la tecnología en todas las instituciones educativas.

El futuro lo creamos los seres humanos, cada día en nuestras interacciones cotidianas, siendo responsables de las decisiones que vamos tomando en cada momento. Decisiones como personas individuales y decisiones en tanto humanos insertos en un entramado sociocultural-digital humanista y exponencial que debe equilibrarse, siendo tecnológicos, sin convertirnos en mera tecnología. Tecnología como medio y no como fin (Leonhard, 2018).

1. La realidad social en período de pandemia Covid-19 y en la llamada nueva normalidad. El cambio social, político, económico, cultural y tecnológico.

2. Problemática psicosocial de la juventud y adolescencia por la COVID-19 en período de confinamiento, postconfinamiento y nueva normalidad

3. La Interacción digital en el ámbito académico.

4. Redes sociales y comunidades virtuales de aprendizaje

5. Desigualdades educativas y la brecha digital en tiempos de COVID-19

6. Ética y filosofía para el desarrollo tecnológico

7. Bibliografía

  1. La realidad social en período de pandemia Covid-19 y en la llamada nueva normalidad. El cambio social, político, económico, cultural y tecnológico.

La pandemia del Covid-19 ha confirmado la interdependencia global de los seres humanos. Estamos tan conectados y globalizados que se hace necesario un futuro más inclusivo y sostenible pues concurre también una interdependencia emocional. Es por ello, que precisamos de una verdadera “normalización” de nuestro acontecer que desemboque en una forma positiva de vida, de progreso mejorado. Una “Nueva Normalidad”, realidad social nueva que será “normal” cuando sea reconocida como nuevo sistema social. La nueva realidad sólo será normal cuando la normalicemos, que significa maduración colectiva e individual por asimilación y adaptación a la nueva forma de convivencia en el espacio y en el tiempo con autodisciplina y liderazgo (Lapuente, 2020):

“La “Nueva Normalidad” significa ir hacia una vida normal pero claramente diferente en forma, fondo, espacio y tiempo. Debemos asegurarnos de cambiar paradigmas y de que estos desafíos se conviertan en acciones precisas que garanticen una vida mejor para todos los que poblamos este nuevo planeta. Vivir en esta “Nueva Normalidad”, nos obliga a ser mejores.

Aceptar que la forma de enseñar, de aprender y de trabajar será ya para siempre en un ambiente diferente y en condiciones distintas. En la “Nueva Normalidad”, no se trata de volver a estar como antes sino de normalizar lo nuevo donde nos encontramos ahora. La “Nueva Normalidad” es transformación de sociedad, de todos y cada uno de los que formamos esta sociedad. Exige aceptación, que no resignación, del nuevo orden. Exige en cada persona un cambio potencial, esencial y existencial duradero.

Como señaló la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, nada más terminar su periodo de confinamiento y con el mayor reconocimiento mundial sobre su liderazgo:

«Puede que no hayamos experimentado algo así en nuestras vidas, pero sabemos cómo cuidarnos unos a otros y, en este momento, qué podría ser más importante que eso. Por favor, sean fuertes, sean amables».

La calidad de las relaciones sociales afecta la salud mental, el comportamiento y el riesgo de mortalidad. En un tiempo en el que se lucha contra un virus es aún más importante preservar esa conexión social. Sentirnos acompañados nos fortalece y promueve el espíritu de solidaridad.”

(Lapuente, 2020)

La pandemia Covid-19, su asociado confinamiento y el obligado distanciamiento físico entre personas ha conllevado un aumento de problemática conductual y de síntomas negativos emocionales en niños y adolescentes. El alargamiento de los estados de confinamiento y de limitaciones en las interacciones humanas de forma física está empeorando dicho estado psicológico de los menores por miedo a contagios de familiares, por el distanciamiento social y por la incertidumbre general que, además detectan y evidencian en los mayores y en toda la sociedad. Los medios de comunicación como la televisión e internet, así como los dirigentes políticos, no ayudan precisamente a amortiguar dicha incertidumbre.

Vivimos en un mundo en el que las tecnologías amplían las capacidades humanas, expanden el espacio y las formas de acción social, incluidas la producción y la gestión cultural y que, así mismo, producen cambios en las formas de generación, reproducción y transmisión del conocimiento social. Tal proceso de socialización se acentúa por la transformación vivida desde la pandemia de Covid-19, en el denominado ciberespacio o tercer entorno, un espacio sociotécnico de creación de nuevos servicios y bienes públicos que se generan como estructuras articuladas a los entornos físico-natural y político-social (Álvarez, 2009).

La transformación tan profunda de las relaciones humanas se está acelerando con la pandemia y sobre todo con los confinamientos de la población inherentes a ella. Al necesitar de la tecnología de la información y comunicación se posibilita una relación sistematizada que articula desigualdades no neutralizadas por las administraciones públicas. Afrontar este nuevo período de forma exitosa está demandando una mayor y apropiada “gobernanza de la red” donde la “reflexión política y moral es indispensable” (Álvarez, 2009).

2. Problemática psicosocial de la juventud y adolescencia por la COVID-19 en período de confinamiento, postconfinamiento y nueva normalidad

El distanciamiento social sigue siendo el método más efectivo para erradicar la propagación del Covid-19. La limitación efectiva de la propagación del virus se realiza de forma práctica separándonos los unos de los otros. El distanciamiento social no es un descubrimiento del siglo XXI, es una estrategia ancestral de salud para evitar los contagios por virus, bacterias y demás microorganismos utilizada en otras épocas de nuestra historia.

Sin duda es necesario permanecer físicamente separados, pero socialmente conectados. Las personas debemos cuidar nuestra salud mental y la de nuestros seres queridos. No debe de haber distanciamiento de la alegría, de la amistad, del cariño, de la solidaridad. El término “distanciamiento social” puede implicar una sensación de desconexión de los demás, en un momento en que estar físicamente aislado puede afectar la salud mental. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) prefiere el término “distanciamiento físico”. María Van Kerkhove, epidemióloga de enfermedades infecciosas de la OMS, anunció el 20 de marzo de 2020 que la organización se apartaría del término “distanciamiento social” para recalcar la importancia de que las personas estén socialmente conectadas (Lapuente, 2020).

En este sentido, un estudio realizado por la asociación civil FUSA (Fundación para la Salud del Adolescente) de Argentina concluye que ha habido un alto cumplimento del confinamiento por el Covid-19 precisamente en los más pequeños y donde el compromiso con el estudio y el cumplimiento con las tareas escolares ha sido muy significativo (Bazán et alt., 2020).

Así mismo continúa el estudio reconociendo que para los adolescentes la principal fuente de información para conocer cuestiones de dicha enfermedad ha sido la utilización de redes sociales. En dicha publicación se constata que a casi el 68% de dichos adolescentes les afecto la situación de pandemia y confinamiento tanto a su salud física como a su salud mental, emocional y social. El no tener contacto físico con sus iguales les ha generado estados de ansiedad y tristeza. La no socialización física les ha afectado emocionalmente de forma profunda al no poder experimentar con los compañeros las dinámicas normales de otros años. Significativo es, entre las respuestas dadas en el artículo, el no haber podido contar con espacios de socialización y encuentro, lo que ha ido produciendo en ellos sentimientos de angustia, ansiedad, tristeza, frustración e incluso miedo. Se hace determinante, pues, el apoyo personal, la compañía y se constata en la investigación que hasta un 34,8% de los adolescentes no han contado con nadie para conversar acerca de sus sentimientos dentro de su entorno familiar (Bazán et alt., 2020).

La adolescencia es una etapa de necesidad de apertura al mundo fuera de la familia donde se necesitan vínculos socioafectivos diferentes a los padres y hermanos. La salud debe abarcar, por tanto, la parte social, emocional y cultural, además de la física, por lo que el Covid-19 ha tenido una influencia más negativa en este tramo de edad. Por ello, en este periodo de pandemia, el derecho a la salud psicosocial es de obligado cumplimiento por parte de la sociedad como debe corresponder a un paradigma de protección integral de los seres humanos más vulnerables. De obligado cumplimiento, más aún, por parte de las autoridades sanitarias.

Es curioso que, precisamente, se achaque a los adolescentes estar enganchados a la tecnología y a las redes sociales cuando han sido, sin duda, los que más han sufrido al no tener el contacto físico con sus iguales ni interacción grupal en sus lugares de encuentro habitual. Ello dice mucho de las críticas gratuitas sobre la enajenación que tienen los adolescentes con la tecnología y las redes sociales. En ese sentido, en el trabajo de investigación de Bazán et alt., 2020, se desmitifican muchas de estas preconcepciones sobre los jóvenes en su vinculación con las redes sociales y tecnología. La serie de características otorgadas a la adolescencia que quedan desmontadas por el estudio son:

  • Los adolescentes presentan una mala relación de convivencia  
  • Los adolescentes son intolerantes (prueba de que esto es falso se confirma en que han sido los que han aceptado el aislamiento obligatorio de mejor manera).
  • A los adolescentes se les tiene que imponer una organización estricta de su vida.
  • Los adolescentes no escuchan y ni hablan con sus seres queridos familiares.

Los adolescentes no están indefectiblemente “enganchados” a los teléfonos móviles y la tecnología. Es una generalización en cierto modo falsa. Su peor salud mental postconfinamiento dice mucho de la necesidad (expresada verbalmente en el estudio) de relacionarse e interaccionar en espacios físicos como son escuelas, parques, lugares deportivos, etc., (Bazán et alt., 2020).

Algo que también confirman González-Andrío, Bernal y Palomero (2020) en la investigación realizada en plena pandemia y confinamiento en España “Uso de las redes sociales entre los jóvenes y ciudadanía digital: análisis tras la Covid-19”, donde concluyen sobre el mayor beneficio que riesgo en la utilización de las redes sociales por su característica de canal de participación ciudadana que ha hecho sobrellevar de mejor manera en los jóvenes las dificultades del distanciamiento físico obligado.

En el mismo sentido se han manifestado los docentes quienes confirman la utilización de las redes sociales, soportadas principalmente por los dispositivos móviles, como adecuadas y necesarias en período de confinamiento para una mejor interrelación entre la institución educativa y los alumnos. Igualmente, se incide en la necesidad de que desde la escuela se realicen acciones formativas y de capacitación para generar un uso más adecuado donde se sepa gestionar mejor las tareas académicas, el acceso a la información e incluso el desarrollo del pensamiento crítico. Pensamiento crítico determinante y necesario en un mundo de internet repleto de “bulos” y noticias falsas cuando no manipulaciones intencionadas, sobre todas las cuestiones y en especial sobre el Covid-19 que tanto afecta al aspecto psicoemocional en estas edades. Los propios adolescentes sostienen que “las redes sociales son un medio excelente para influir positivamente en el modo de pensar, en las actitudes e intereses…y para mejorar el mundo” (González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020).

Según los encuestados en esta investigación de la Universidad Rey Juan Carlos, las redes sociales facilitan compromiso ciudadano y una participación más activa en la sociedad al poder compartir ideas favorecedoras de reflexión, debate, conciencia social, estar al día y propiciar una mejora en la convivencia social. Esta convivencia social y compromiso adquirido pivota fundamentalmente en los adolescentes en temas relacionados con el medio ambiente, las desigualdades sociales, la falta de igualdad de género, los derechos humanos y las cuestiones raciales (González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020).

Así mismo, más de la mitad de los participantes en el estudio se consideran bien formados y capacitados para manejarse adecuadamente en la red y admiten, tal vez por ello mismo, que en las redes sociales se facilita la manipulación por informaciones falsas, que hay cierta falta de privacidad, así como que existe bastante riesgo en caer en una participación en redes por necesidad de aprobación de los demás, bien a través de los “me gusta”, bien por la cantidad de seguidores, bien por su no inclusión en algunos grupos pretendidos. Parece que la maduración socio relacional de los adolescentes y jóvenes con las redes sociales y la tecnología no tiene que envidiar precisamente a la de los adultos.

Por todo ello, desde padres-madres y educadores, principales adultos de influencia, se hace necesaria una capacitación apropiada de pensamiento crítico específica en la interacción digital. Los propios jóvenes en un 78% de dicho estudio lo ve también como necesario. De esa manera indican como beneficioso para un mejor conocimiento de las redes por cuestión de salud mental; aprender a gestionarse sus redes sociales personales; reconocer más rápidamente las noticias falsas; manejar mejor su impacto de imagen personal en internet; y finalmente, tener mayor conocimiento de protección de datos en red ante posibles amenazas (González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020).

Es evidente que para ello también los adultos deben tener una capacitación acorde con la utilización ética y proporcionada de las redes sociales y la tecnología. Un diagnóstico del potencial de las redes sociales como recurso didáctico en época de aislamiento social realizado por Hernández, Maldonado y Prada (2020) concluye que el 75% de jóvenes consideran que las redes sociales les han servido de mucho apoyo gracias a los diversos grupos en los que se participa, entre ellos algunos de asignaturas y diversos grupos con compañeros que han supuesto una interacción y comunicación sobre las materias muy útil para su aprendizaje (Hernández, Maldonado y Prada, 2020). Significativo es, asimismo, el dato del 84% de sujetos de la muestra que afirman utilizar las redes sociales para temas educativos como son organizar trabajos de clase, para cuestiones de conocimiento general, por inquietudes sociales y por temas relacionadas con el medio ambiente y la salud. Todo ello reafirma la necesidad de aumentar la investigación sobre procesos pedagógicos novedosos que continúen en el tiempo después de que concluya la pandemia.

3. La Interacción digital en el ámbito académico.

El uso de internet y en concreto de las nuevas tecnologías y las redes sociales se confirman como herramientas potentes y necesarias interesante en el ámbito académico ya que posibilita nuevas formas de aprendizaje y de interrelación entre alumnos y docentes fomentando autonomía, cooperación y construcción de una personalidad madura (Muñoz, Fragueiro y Ayuso, 2013).

Está claro que hay un antes y un después de 2020 por la pandemia Covid-19 y la sociedad digital educativa tiene el reto de posibilitar el buen uso de las redes sociales a partir de una alfabetización digital que propicie inteligencia colectiva desde la construcción de personas más capacitadas técnica, cognitiva y humanamente para afrontar con éxito la actual sociedad del conocimiento. La posibilidad que se genere a través del lenguaje y las formas de comunicación transformarán las comunidades virtuales de aprendizaje en redes conversacionales de convivencia donde se socialice y se generen personas socialmente comprometidas (Pineda, Meneses y Téllez, 2013).

Contrariamente, pues, a la idea de que los jóvenes no tienen criterio para utilizar redes sociales, se ha constatado en diversos estudios de investigación (Guardia, 2020; González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020; Bazán et alt., 2020; Muñoz, Fragueiro y Ayuso, 2013) que los niveles de sentido crítico y de conocimiento de los posibles riesgos de las redes sociales son del todo conocidas y manejadas de forma adecuada. Los jóvenes ejercitan en su mayoría sus propias estrategias de autoprotección ayudados también por las campañas institucionales diversas (Guardia, 2020). Son conscientes de que estar informado y tener conocimiento de cuestiones sociales y comunitarias es determinante para su futuro tanto profesional como personal. Así mismo, socio afectivamente, estar conectados hace que los jóvenes sientan seguridad por saber que con un mensaje pueden recibir el apoyo que necesitan en un momento determinado y de forma inmediata. Beneficio incluso para la integración familiar pues favorece también la tranquilidad de forma bidireccional.

Es en este punto donde puede realizarse la crítica de cuanta dependencia se tiene con el artefacto y con sus funcionalidades. Cuanta dependencia se puede tener incluso con la gente con la que se conecta. No cabe duda de que eso tiene que ver con el uso y abuso de la cuestión y con el autocontrol que se tenga en dicha interrelación en forma y contenido. Como expresa Guardia Crespo (2020), los jóvenes han desarrollado ciertas estrategias de verificación y contrastación de sentido crítico sobre el consumo por internet siendo conscientes de la dificultad que tiene neutralizar todo lo negativo que ello conlleva. Concluye este autor afirmando que “los jóvenes saben que no toda la información que circula en las redes o en los medios de comunicación es confiable” (Crespo, 2020).

Precisamente en período de pandemia y confinamiento el teléfono móvil ha amortiguado la incertidumbre y soledad de los adolescentes al poder conectarse con amigos y compañeros de clase y también utilizándolo como herramienta principal, superando al ordenador, en la interacción académica y de relación con profesores y la propia institución educativa (Guardia, 2020).

La utilización de redes sociales en los adolescentes y jóvenes es un hábito del todo arraigado y una parte de nuestra cultura universal. Vivir sin teléfono móvil es impensable para ellos (para los adultos también) en una sociedad tan interconectada y global. Al mismo tiempo, la pandemia Covid-19 está potenciando el uso creativo de las redes sociales. Los jóvenes y adolescentes en interacción personal informal y en la utilización formal de las redes tecnológicas y sociales para con su dinámica académica está propiciando una transformación de digitalización y de asimilación acelerada de la interacción virtual en relación con el conocimiento, la socialización y los procesos de comunicación en todos los contextos.

Loveless y Williamson (2017) defienden la existencia de tres identidades digitales de aprendizaje que son la constructiva, la interactiva y la conectada y que surgen de un conjunto de ideas que se promueven en el proceso de investigación y práctica educativa en la actual era digital). En ese sentido el concepto de creatividad se entiende como parte de un conjunto de términos, conceptos, teorías y técnicas que conforman el estilo cibernético de pensamiento y que se promueve entre los jóvenes como fuentes de identificación personal y colectiva (Loveless y Willimson, 2017

Se trata, entonces, de aprovechar la situación que se nos ha dado para mejorar la educación “online” sabiendo que la presencialidad continúa siendo la esencia de la enseñanza. En ese sentido los integrantes del grupo de investigación Edul@b de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en su investigación titulada “La enseñanza digital en serio y el derecho a la educación en tiempos de coronavirus”, aportan una serie de recomendaciones al profesorado y a las instituciones educativas en forma de decálogo y que denominan “Decálogo para una docencia online inesperada” donde los epígrafes enunciados de forma sintética son (Cotino, 2020):

  1. Seleccionad el sistema y las herramientas de trabajo más adecuadas.
  2. Organizad y preparad a los alumnos. Vuestros alumnos saben utilizar los dispositivos digitales, pero no necesariamente saben cómo usarlos para el aprendizaje.
  3. Dedicad tiempo al diseño (re-diseño) del curso. En la educación en línea, la planificación es esencial, como lo es un buen diseño del curso.
  4. Elaborad un conjunto de actividades, y acompañadlas de un conjunto de recursos didácticos que ayuden a los estudiantes a resolverlas. Es necesario que la vuestra sea una docencia más centrada en la actividad que en los contenidos.
  5. Asociad un conjunto de recursos a las actividades. Será la forma en que los estudiantes accedan a contenidos.
  6. Cread dinámicas de interacción activa en el entorno virtual para mantener a los estudiantes conectados y motivados, fomentando una comunidad de aprendizaje social y académica que comparta dudas, soluciones, inquietudes. Desarrollad actividades colaborativas que fomenten la interacción asíncrona entre estudiantes.
  7. Explicad el modelo de evaluación que se llevará a cabo desde el comienzo y haced explícitos a los estudiantes los criterios de evaluación, así como el feedback que se les facilitará.
  8. Generad presencia social. Cuando aún no están acostumbrados, los alumnos no presenciales corren el riesgo de sentirse solos.
  9. Desarrollad el espíritu crítico de los estudiantes respecto a la tecnología.
  10. Aprovechad para trabajar colaborativamente con los compañeros y compañeras docentes más cercanas.

Según Edul@b (laboratorio para investigar sobre las nuevas formas de enseñar y aprender en escenarios mediados y expandidos por las tecnologías) para realizar una docencia “online” de calidad se requiere formación para todo el profesorado y realizar una estrategia institucional que cubra las diferentes acciones que se necesiten llevarla cabo con éxito (Cotino, 2020).

Se trata de tener una mirada holística de la tecnología y de las redes sociales, en tanto en cuanto debe promover de forma inherente la prosperidad humana. La tecnología es una herramienta para lograr algo. Adoptar el objetivo cultural e intelectual del transhumanismo donde el propósito último es “transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual” (Leonhard, 2018).

4. Redes sociales y comunidades virtuales de aprendizaje

Los escenarios mediados y expandidos por las tecnologías como la experiencia de Edul@b UOC, son equivalencias de los denominados Entornos Virtuales de Aprendizaje (EVA). En este sentido, las redes sociales en internet se han convertido en una de las formas de comunicación más usadas por los adolescentes y, siendo cierto que su uso inadecuado puede producir adicción y daños psicológicos y socio relacionales importantes, utilizados adecuadamente son una herramienta de gran valor en su quehacer cotidiano en el ámbito educativo. El aprovechamiento adecuado y vehiculado por profesores y tutores posibilita una manera novedosa y agradable de aprendizaje, a la vez que desarrolla trabajo colaborativo y de cooperación originando un ambiente de participación y creatividad que implica necesariamente un crecimiento personal y profesional, convirtiendo dicha interacción en nuevas oportunidades académicas y socioculturales (Muñoz, Fragueiro y Ayuso, 2013).

El buen uso de las redes sociales en el ámbito académico, es decir, facilitar un EVA de calidad, puede generar una educación más práctica y atractiva para unos alumnos que tienen en sus vidas incorporadas dicho uso como algo normalizado y cotidiano. Comunicarse, compartir opiniones y emociones desde una red social es para los adolescentes una estructura relacional adecuada y seductora que debe ser del todo aprovechada por la organización educativa de forma sistematizada.

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación generan un espacio social de interrelación humana muy adecuado por la posibilidad de crear nuevos procesos de aprendizaje-enseñanza haciendo del alumno un sujeto activo de dicho aprendizaje y exigiendo una adaptación de las instituciones educativas al necesitar aplicar nuevos métodos educativos. Es lo que se ha denominado el Tercer Entorno (Echevarría, 2000).

La buena utilización de las redes sociales en el ámbito académico propicia que el alumno se implique de manera más dinámica al proceso de aprendizaje y comparta sus ideas, intercambio de información y de materiales didácticos. Todo ello de una forma bidireccional y de uso universal. Con metodologías innovadoras los alumnos se implican en descubrir, investigar e interesarse por temas generales del currículo académico y por temas de la actualidad de una forma que en la metodología tradicional supone más tiempo y energía. Se comparte conocimiento a la vez que experiencias (Muñoz, Fragueiro y Ayuso, 2013).

No obstante, es cierto que la precariedad de recursos, la falta de conocimientos y la no adaptación de las estructuras escolares, pueden dar al traste con esta forma de establecer la dinámica didáctica. Por ello se debe concienciar el modo de “saber vivir” en el mundo de las redes sociales, de aprender con ellas utilizándolas para sacar el máximo partido sin perder el control por el riesgo que tiene un entorno tan atractivo como adictivo: compras compulsivas, tiempo de juego exagerado y uso desmedido de conexión pueden generar falta de sueño, descuido de otras actividades, aislamiento social y euforia desmedida delante de las pantallas de ordenador o móviles.

Diversos estudios (Hernández, Maldonado y Prada, 2020; Guardia, 2020; González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020; Bazán et alt., 2020; Muñoz, Fragueiro y Ayuso, 2013) concluyen que el uso de las redes sociales y la utilización de herramientas innovadoras digitales, no solo mejoran el proceso educativo, sino que también mejoran las expectativas de profesores y alumnos. Las redes sociales son un potente medio de interacción que fortalecen las interacciones de todos los miembros de la institución educativa: búsqueda de información, entretenimiento y aprendizaje propiamente dicho. De hecho, las redes sociales suponen un nuevo espacio en las relaciones de alumnos con sus docentes y otros actores educativos que superan a los medios tradicionales en inmediatez, eficacia e incluso en transmisión de emociones y cuestiones personales que de otra forma no se compartirían.

Estas investigaciones educativas relacionadas con las redes sociales (Hernández, Maldonado y Prada, 2020; Guardia, 2020; González-Andrío, Bernal, y Palomero, 2020; Bazán et alt., 2020; Muñoz, Fragueiro y Ayuso, 2013) demuestran que se propician mejoras significativas en la práctica pedagógica general al aplicar procesos pedagógicos novedosos y atractivos.

Las redes sociales se han adaptado y evolucionado de tal manera que se han convertido en indispensables en el quehacer académico por su facilitación en la interacción de todos los agentes de la comunidad educativa (Hernández, Maldonado y Prada, 2020). Para Guardia Crespo (2020), desde el punto de vista práctico, la ausencia de conexión a través de las redes sociales en período de pandemia y confinamiento habría perjudicado la posibilidad de hacer las actividades escolares y la interacción cotidiana con la institución educativa.

Es por ello por lo que la utilización de los dispositivos móviles como herramienta de aprendizaje constituye un potencial para los estudiantes impulsando su motivación y satisfacción al relacionarse con compañeros y profesores más fácilmente y propiciando en ellos un desarrollo del pensamiento crítico y de reflexión de problemas tanto personales cotidianos como generales de la vida (Calderón, y Sánchez-Escobedo, 2021). Más del 70% de estudios revisados por Calderón y Sánchez-Escobedo (2021), presentan un impacto positivo de dichos dispositivos con el aprendizaje donde se concluye un mayor rendimiento académico y una mayor autonomía en los alumnos para su aprendizaje, algo que posteriormente les beneficiará en estudios universitarios. Bien es cierto que dependiendo del tiempo de conexión y autocontrol que se tenga de dichos dispositivos pueden ser generadores de cierto impacto negativo en las relaciones personales y en su vinculación con el ámbito académico, pudiendo llegar incluso al fracaso escolar por una mala utilización de la tecnología (Carbonell et al., 2012).

Con todo, el aprendizaje en formato virtual llegó para quedarse y ahora la atención debe ponerse en el compromiso, eficacia y potenciación de una práctica reflexiva tanto del profesorado, de alumnos, de los directivos de instituciones educativas tanto públicas como privadas, así como de las autoridades autonómicas y nacionales de las que dependen las políticas educativas.

La transformación del sistema educativo debe, por tanto, derivarse en cuestiones urgentes relacionadas con la enseñanza virtual, con mayor formación al profesorado y al alumnado en competencias digitales, con mayor aporte de tecnología en todas las instituciones educativas y con la necesidad de cambio funcional del currículo académico donde quede ajustada la nueva forma de interrelación de sujetos con contenidos en un contexto apropiado de humanización digital (Cabero y Valencia, 2021).

En el ámbito académico se asume como parte metodológica y de objetivos estratégicos el pensar el futuro en cuanto procesamiento educativo reflexionando desde la influencia de las diferentes tecnologías. Se trata de reconstruir el futuro de la educación a través del construccionismo, del interaccionismo y el conexionismo que procuren el conocimiento vinculado entre la mente y la tecnología. Por ello, una visión filosófica del currículo es la de reestructurar las identidades de los estudiantes para que sean más activas y conectivas donde el conocimiento tiene un sentido de temporalidad existencialista en tanto que se selecciona el pasado para traerlo al presente y desde aquí ser proyectado al futuro (Loveless y Willimson, 2017).

5. Desigualdades educativas y la brecha digital en tiempos de COVID-19

La nueva transformación digital, acelerada por la pandemia en 2020 y 2021, está provocando, así mismo, mayores brechas digitales tanto estructurales como funcionales. Por ello resulta necesaria la implementación de medidas de política institucional y de acción efectiva en los ámbitos educativos y familiares. Entendiendo el ámbito familiar una prolongación de la escuela en tanto en cuanto se trata la educación en entorno virtual de aprendizaje. El nuevo sistema operativo social de personas interconectadas demanda necesariamente de programas formales que propicien los beneficios de sociedad digital a todos los integrantes de la comunidad educativa para realizar una adecuada construcción de ciudadanía desde el derecho universal al acceso a internet, redes sociales y dispositivos tecnológicos. La aparición de nuevas funcionalidades desde dichos ámbitos socio tecnológicos requieren de una adaptación y formación no siempre disponible en la sociedad. Se generan nuevas capacidades de acción y consecuentemente se producen nuevas desigualdades en las personas más vulnerables (Álvarez, 2018).

Desigualdades que se han acentuado de forma notable en este periodo de pandemia y postconfinamiento. Lo que Amartya Sen y Martha Nussbaum proponen como “capacidades de desarrollo” en donde hay que sobrepasar el “derecho a” por la “capacitación de” y llegar a ser agente de su propio cambio con posibilidades reales y facilitaciones de contextos de equidad social generados desde la intervención pública administrativa (Álvarez, 2018).

La actual enseñanza telemática “online” incrementa las desigualdades de los alumnos por lo que el modelo, lejos de ser una moda o una necesidad por las condiciones sociosanitarias debido a la pandemia, debe ser ajustado a todas las circunstancias de alumnos y familias. Fundamentalmente por los aspectos socioeconómicos y estructurales, ya que tales condiciones negativas han producido, y en algunos casos agudizado, la falta de relaciones interpersonales en los adolescentes que han debilitado su satisfacción personal con la vida y su propia felicidad. Vivimos en plena situación de fragilidad socio psicológica donde el plano afectivo se está viendo dañado por la forma de tener que relacionarnos. Algunas investigaciones inciden en la importancia de echar mano de recursos tecnológicos tan básicos hoy día como un teléfono móvil tipo smartphone y WhatsApp como herramienta de comunicación en la educación primaria y secundaria entre alumnos, profesores y padres (Cabrera, 2020).

En este período de pandemia, la interacción humana y su sociabilidad está mediada por instrumentos y estructuras tecnológicas. Es por ello por lo que se debe proponer la defensa del derecho universal básico a la alfabetización digital funcional. Algo que recuerda al pedagogo Paulo Freire cuando en 1975 abogaba por la “concientización” para alfabetizar a la población brasileña y latinoamericana. No basta con poner a disposición de las personas recursos y herramientas digitales, sino que se precisan actuaciones efectivas sobre la transformación de sus capacidades y de sus condiciones socioculturales y económicas.

El impacto de la Covid-19 en el ámbito educativo ha supuesto un agravamiento de las desigualdades educativas enfatizadas por la diferencia elevada de las condiciones de los centros educativos cuyos procesos de enseñanza-aprendizaje no se han visto garantizados. La desigualdad se ha producido fundamentalmente por la falta de preparación de dichos centros para la enseñanza “online”, por las imperfectas condiciones en los hogares de los propios alumnos, por las inadecuadas acciones pedagógicas al nuevo entorno de trabajo educativo, así como por las dificultades que los docentes han tenido en cuanto a tiempo, espacio y formación específica sobre la materia (Jacovkis y Tarabini, 2021).

En conclusión, debemos finalizar indicando que a través de las redes sociales y las nuevas tecnologías se puede aprender, jugar, crear, generar vínculos sociales y también formarse una identidad personal madura. La comunidad educativa y la sociedad en general debe desmitificar la idea de que los adolescentes son poco menos que “frikis y adictos digitales” para considerarles usuarios de las tecnologías y redes sociales en proceso de maduración y desarrollo sobre los que el propio sistema educativo, desde las más altas instancias, está obligado a establecer una formación adecuada que genere una mejor interrelación socioeducativa y un mayor rendimiento académico.

6. Ética y filosofía para el desarrollo tecnológico

Es incuestionable la influencia de la tecnología sobre la realidad en que vivimos y que debido a las transformaciones de ello conlleva un cambio trascendente en las sociedades actuales que deriva en reconfiguraciones respecto a la ciencia y respecto a la moral. Se trata de hacer la mejor construcción del futuro desde un modelo integrado de cambio tecnológico donde queden considerados los factores intelectuales-culturales, económicos y sociales. Referidos respectivamente a investigación y desarrollo, a innovación y a todo lo que tiene que ver con cambio social. Cambio social macro y micro consistente en transformaciones que se operan en la sociedad como consecuencia de las innovaciones tecnológicas. Dichos cambios se refieren a formas de vida, a creación de nuevas instituciones, a desarrollo de nuevas regularizaciones legales y a cambios en las políticas educativas, fundamentalmente (Quintanilla, 2017).

Por todo ello, se necesita diseñar el futuro tecnológico considerando las innovaciones sociales y políticas para democratizar el desarrollo científico y tecnológico. Porque las tecnologías actuales tienen efectos muy profundos sobre las estructuras de la sociedad y por ende de nuestra cultura y sistema de valores. Todo cambio, por tanto, de cierta magnitud en lo tecnológico afecta directamente en el cambio social, por lo que obliga a incluir cambios en el propio sistema de valores. Según Quintanilla (2017), “la ética del desarrollo tecnológico no debe aspirar a encontrar un conjunto de nuevas normas de conductas objetivas y universalizables. No debe ser una ética de contenidos sino de procedimientos y actitudes”. Debe ser, entonces, una ética tecnológica basada en la tolerancia, responsabilidad, solidaridad y participación pública ya que la cultura tecnológica a la que se hace referencia pertenece a una cultura compartida (Quintanilla, 2017).

“…transformar la realidad para adaptarla a nuestros deseos…que genere nuevas situaciones ante las que concebimos nuevos deseos que nos impulsan a intentar transformar de nuevo la realidad”.

Quintanilla, 2017

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Isidro Lapuente Álvarez

2021